La inteligencia artificial (IA) ha llegado para quedarse. Hoy forma parte de nuestras búsquedas, decisiones, diagnósticos, estudios y hasta conversaciones cotidianas. Su presencia se ha normalizado tanto que, en ocasiones, olvidamos una premisa fundamental, la IA no piensa, procesa. Y precisamente ahí radica el mayor riesgo de esta revolución tecnológica.
La ilusión de la certeza
Cuando un asistente virtual responde con firmeza, bien redactado y aparentemente seguro, tendemos a asumir que lo que dice es cierto. Esa confianza inmediata es natural, el cerebro humano asocia seguridad con veracidad. Sin embargo, la IA no tiene conciencia, ni criterio, ni sentido de la verdad. Sus respuestas se basan en patrones estadísticos, no en comprensión profunda. Si una información ha sido mal entrenada, está descontextualizada o pertenece a una fuente poco fiable, el error se reproducirá con una precisión impecable. (más…)